Especialidades Médicas- Enfermedades Infecciosas


Los virus, aliados en la guerra contra las enfermedades infecciosas
30 de marzo 2012
El empleo de virus bacteriófagos, posible respuesta a las bacterias resistentes a los antibióticos.

Como su nombre indica, los bacteriófagos son virus que se “alimentan” de bacterias. Se encuentran en todas partes, incluyendo los ríos, el suelo, alcantarillas y en el cuerpo humano, pero sobretodo se encuentran en el agua de mar. Desde su descubrimiento a comienzos del siglo XX, los bacteriófagos han sido empleados como tratamiento alternativo a los fármacos antibióticos. Aunque desde los años veinte fueron empleados intensivamente en la Unión Soviética, la investigación de las terapias a base de bacteriófagos fue abandonada en occidente tras la aparición de los antibióticos.

En 1923, el microbiólogo George Eliava creó en Tblisi (Georgia, Unión Soviética) el primer centro mundial para el estudio de terapias de macrófagos: el Instituto Eliava de Bacteriófagos, Microbiología y Virología. Eliava había conocido en París al franco-canadiense Félix D’Herelle, quien en 1917 había sido uno de los pioneros en la investigación de los bacteriófagos. Invitado por Stalin, D’Herelle visitó el centro de Tblisi en 1934, donde trabajó durante diez y ocho meses antes de abandonar la URSS. Durante las purgas estalinistas de los años treinta, Eliava fue procesado, declarado “enemigo del pueblo” y ejecutado; pese a ello, el centro de investigación que había creado seguiría en funcionamiento. Es más, tendría una gran actividad durante las décadas siguientes: las terapias a base de bacteriófagos se emplearon extensamente en la URSS y, después de 1945, en todos los países del bloque soviético. Tras un período de completo abandono durante los años 90, tras la desaparición de la Unión Soviética, el Instituto Eliava sigue trabajando todavía hoy, investigando el empleo terapéutico de los bacteriófagos.

En occidente, por el contrario, la producción primero de sulfamidas (descubiertas a mediados de los años treinta) y, a partir de finales de los años cuarenta, de antibióticos, dejaron en vía muerta la investigación de los bacteriófagos. Allí donde fracasaban inexplicablemente los bacteriófagos, los antibióticos no fallaban nunca, y en general los doctores preferían este nuevo tipo de fármacos, pues combatían y eliminaban simultáneamente un amplio espectro de infecciones bacterianas. No obstante, ahora, a comienzos del siglo XXI, se está volviendo a investigar el posible uso de los bacteriófagos para tratar enfermedades infecciosas. El motivo: la aparición de bacterias cada vez más resistentes a los antibióticos. Son los llamados “super bugs”.

Según un informe de la Organización Mundial de la Salud, en torno al año 2000 casi todas las cepas de gonorrea detectadas en el Sureste asiático son inmunes a la penicilina; en la India, las especies de bacterias causantes de las fiebres tifoideas han desarrollado resistencia a los tres fármacos que se emplean habitualmente para combatirlas; uno de cada diez enfermos de tuberculosis en Estonia, Lituania y partes de Rusia y China sufre un tipo de tuberculosis resistente a los antibióticos. En Tailandia, las principales medicinas empleadas para combatir la malaria son cada vez más ineficaces. Y el fenómeno no afecta únicamente a los países en vías de desarrollo: en España, los casos de tuberculosis y en particular de tuberculosis multirresistente están en aumento. En todo el mundo, las muertes por infecciones contraídas en hospitales se han incrementado, y cerca de un 60% de las infecciones nosocomiales (es decir, aquellas contraídas en centros médicos) acaban siendo resistentes a los antibióticos.

La cada vez mayor resistencia de los patógenos está haciendo que las enfermedades infecciosas sean cada vez más difíciles de tratar, requiriendo antibióticos más agresivos que a su vez provocan más efectos secundarios. Por otra parte, los antibióticos destruyen todo tipo de bacterias, tanto las beneficiosas como las perjudiciales, lo cual puede provocar infecciones oportunistas como por ejemplo las causadas por la bacteria Clostridium Difficile.  Los bacteriófagos tienen la ventaja de ser mucho más específicos que los antibióticos, pues podrían ser empleados para atacar sólo a un tipo concreto de bacteria patógena, respetando no sólo al organismo humano sino también a la flora bacteriana beneficiosa.

Como también ocurre con los antibióticos, las bacterias, al cabo de un tiempo, también desarrollan resistencia a los bacteriófagos; en el caso de los antibióticos, este proceso se ha acelerado con el empleo innecesario de antibióticos que ha tenido lugar a escala planetaria. Por el contrario, los bacteriófagos se adaptan a la evolución de sus presas, contestando a cada mutación con una mutación propia. Sería una especie de “carrera de armas biológica” según explica uno de los antiguos miembros del Instituto Eliava. No obstante, los bacteriófagos también tienen desventajas: en algunas bacterias, como por ejemplo en la causante del cólera, tienden a hacer el patógeno aún más letal.

Ahora que la gama de antibióticos aptos para tratar infecciones se está reduciendo, los investigadores están acelerando sus trabajos en los usos terapéuticos de los bacteriófagos. La necesidad de nuevos planteamientos en la lucha contra las bacterias es urgente, pues la mortalidad causada por enfermedades infecciosas, en especial las nosocomiales, están en aumento en todo el globo. En la actualidad, algunas compañías farmacéuticas están trabajando en la secuenciación de los genes de cierto número de bacteriófagos; otras van más allá, y se están planteando modificar genéticamente ciertos bacteriófagos para que destruyan la resistencia del virus.



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