Durante las últimas décadas el número de personas que viven en soledad ha aumentado de forma muy importante en todos los países del primer mundo. En Francia, aproximadamente una de cada siete personas vive sola; en Gran Bretaña, la proporción es aún mayor, con una de cada tres personas.
Vivir solo se ha demostrado ya que es un factor de riesgo para las patologías mentales: un estudio finés publicado en 2012 afirmaba que las personas que vivían sin compañía tenían un 80% más de posibilidades de comenzar un tratamiento antidepresivo durante los siete años siguientes al inicio del estudio; las alteraciones en las circunstancias socioeconómicas de los participantes en el estudio no explicaban por sí solas el mayor riesgo de sufrir depresión y/o otras patologías mentales.
Por otro lado, vivir en soledad podría no ser únicamente perjudicial para la salud mental: también podría tener efectos dañinos para la salud cardiovascular. La interacción social parece mitigar los efectos del estrés, depresión y ansiedad. Por el contrario, el aislamiento social parece ser perjudicial para unos hábitos de vida saludables, lo cual tiene a su vez impacto en la salud cardiovascular.
Un análisis de los datos del estudio REACH (Reduction of Arteriothrombosis for Continued Health) ha revelado que sobre unos 44.500 pacientes con aterotrombosis estable (algunos de los cuales ya habían sufrido previamente afecciones coronarias, infartos o enfermedad arterial periférica), un 19% (8.594 individuos) vivían solos. El subgrupo de personas que vivían solas tenía una edad media más elevada y eran en su mayoría mujeres que vivían en regiones del occidente desarrollado.