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Tratamiento farmacológico de la artritis reumatoide
Autor: Dra. Mercè Piera - 7 de Febrero 2002
El tratamiento de la artritis reumatoide con medicamentos incluye dos grandes grupos de fármacos: los antiinflamatorios y corticoides, y los inmunosupresores y modificadores de la enfermedad

El tratamiento de la artritis reumatoide con medicamentos incluye dos grandes grupos de fármacos:

Fármacos antiinflamatorios y corticoides: Son útiles para bajar la inflamación y sobrellevar el dolor del "día a día", pero no sirven para modificar la evolución de la enfermedad a largo plazo. Entre los medicamentos antiinflamatorios encontramos el ácido acetil salicílico, el ibuprofeno, el diclofenaco, la indometacina, el naproxeno, etc. No hay uno mejor que otro para esta enfermedad. Cada persona puede encontrar uno que le va mejor a ella en particular. Si no mejora de sus síntomas (después de un plazo de un par de semanas) o no tolera el antiinflamatorio prescrito, hay que consultar al médico para probar otro.

Los corticoides (derivados de la "cortisona") utilizados de forma juiciosa, a dosis moderadas y con unas indicaciones particulares que el médico conoce, permiten en muchos casos mejorar la calidad de vida a largo plazo, superando a los efectos secundarios que se producen a dosis más elevadas.

Inmunosupresores y modificadores de la enfermedad: Los inmunosupresores son medicamentos que actúan sobre el sistema inmune haciendo que la actividad de la enfermedad a largo plazo sea menor. No sirven para tratar el dolor en un momento determinado. Tardan en hacer efecto semanas e incluso meses. No son eficaces en el 100% de los enfermos, por lo que es habitual que el médico tenga que prescribir varios de forma secuencial hasta encontrar aquel que sea más eficaz y mejor tolerado. Entran en este grupo el metotrexate, la azatioprina, la ciclosporina...etc. Los fármacos modificadores de la enfermedad actúan sobre la evolución de esta pero sin tener un carácter antiinflamatorio ni analgésico. Entre estos encontramos las sales de oro, la D-penicilamina, la cloroquina y la sulfasalacina. En general requieren control por parte del médico y una estrecha colaboración del paciente. Si bien pueden ser muy eficaces, pueden tener muchos efectos secundarios a largo plazo, sobretodo a nivel del hígado por lo que han de ser vigilados.

Otras opciones

Infiltraciones: Si con el tratamiento prescrito se consigue mejoría del dolor y de la inflamación en general, pero persiste alguna articulación inflamada, hay que hacérselo saber al médico. Una vez descartada alguna complicación, se puede actuar localmente mediante infiltraciones con el fin de bajar la inflamación. El médico sabe cuándo infiltrar, qué infiltrar y cada cuánto tiempo, para no producir daño, sino todo lo contrario.

Ortopedia: También es posible actuar localmente sobre articulaciones especialmente inflamadas con material ortopédico especial.

Fisioterapia: En ocasiones se puede obtener beneficio mediante tratamiento fisioterapéutico con corrientes y ultrasonidos.

Cirugía: Es posible que durante la evolución de la enfermedad, alguna articulación resulte especialmente dañada y sea necesario realizar algún tipo de cirugía reparadora.




El artículo sólo es informativo.
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