A diferencia de lo que ocurre al otro 95% de los infectados, el sistema inmunológico de esos excepcionales individuos –los médicos los llaman controladores de élite– no sufre la progresiva destrucción que el VIH emprende el mismo día en que invade el organismo. Sin recibir tratamiento, el sistema inmunológico de un infectado por el VIH está completamente destruido dos o tres años después de iniciada la infección, y el afectado empieza a sufrir múltiples infecciones y tumores ante los que no dispone de capacidad defensiva.
El estudio del Clínic, que hoy publica la revista científica PLoS One, explica que, en el inicio, la infección es igual para todos, sean controladores o no: horas después de entrar en una primera célula sanguínea, el VIH se ha copiado a sí mismo hasta 500.000 veces y, aunque en su lucha con las células inmunológicas muere otras tantas veces cada día, el virus repite de inmediato
esa misma alta reproducción de sí mismo. Y así sigue, hasta estabilizarse con una presencia constante de unas 50.000 copias por mililitro de sangre, dejando progresivamente indefenso al afectado, mientras no reciba tratamiento. En los controladores espontáneos del VIH, en cambio, el proceso se detiene poco después de iniciarse la infección. Las moléculas alfa defensinas de las células dendríticas de esos raros individuos logran que, aunque el virus nunca desaparezca de su sangre, no pueda completar el viaje a través del resto del sistema inmunológico. Un tránsito que el VIH consigue con total facilidad de forma habitual. Sin tomar fármacos, los controladores permanecen años y años con apenas 50 copias del VIH por mililitro de sangre. Así, los investigadores sostienen que incentivando la acción de las células dendríticas se conseguiría que el VIH no invadiera al resto del sistema inmunológico. Las dendríticas son el primer eslabón defensivo que es destruido por el virus del sida. Esas células son el vehículo que utiliza el VIH para entrar en los ganglios linfáticos, punto de máxima producción de leucocitos inmunológicos.
Las alfa defensinas –descritas como una especie de antibióticos naturales– siempre han sido consideradas una eficaz barrera contra toda clase de virus y, al igual que sus precursoras, las dendríticas, forman parte de la mayoría de estudios en busca de una vacuna terapéutica contra el sida. Hasta ahora, no obstante, se desconocía su multiplicada presencia en la sangre de los controladores. «Cuantas más copias de alfa defensinas se tiene, mejor se controla al VIH –resumió ayer Josep Maria Gatell, responsable de la atención del sida en el Clínic–. Ahora trataremos de buscar un método con el que podamos estimular la producción de esas moléculas en el resto de infectados por el VIH: que todos actuen como si fueran controladores de élite». Ese objetivo no es una utopía, ya que las alfa defensinas pueden ser modificadas. «Son potencialmente perturbables», especificó Gatell.